Carta abierta a los Familiares

La palabra geriátrico nos remite a una imagen negativa fuertemente arraigada en nosotros, tanto que no podemos imaginar a estos lugares como lo que realmente son. Cuando uno piensa en un geriátrico piensa en: un depósito de ancianos. Un lugar lúgubre y cerrado con olores fuertes y desagradables. Habitaciones antiguas atiborradas de ancianos sobremedicados sentados frente a la mesa o al televisor con la mirada ausente. Personas en las que prevalece el desinterés y la apatía que llevan rápidamente al deterioro psicológico, el aislamiento y a la muerte. 
                             
La identificación que podemos sentir con cualquiera de estos aspectos, va a ocasionarnos algún tipo de culpa y la culpa, como fantasía negativa, no es la realidad. Existe el prejuicio de que las personas deberían envejecer y terminar sus días en la casa familiar. Cuando esto no es posible, aparece la culpa, el dolor y el remordimiento. Hay sentimientos de abandono y desarraigo, de estar fallándole a nuestros padres y de temor a que nuestros hijos hagan lo mismo con nosotros.
Pero seamos honestos y realistas: ¿Hasta donde llega nuestra capacidad de contención, afecto y satisfacción de sus necesidades dentro de  una convivencia teñida de dificultades y agotamiento, donde a diario nos vemos sobrepasados por el stress?  Sabemos que si esto no es posible, lo único que lograremos es ver quebrarse nuestro matrimonio o que poco a poco nuestros hijos rechazarán a sus abuelos. ¿Es esto lo que queremos? ¿No preferimos una familia con la capacidad intacta de dar afecto, de continuar la relación en mejores términos, liberados de aquellos esfuerzos que excedían la mejor de nuestras disposiciones?

Ahora piense en un  geriátrico como en una casa, un lugar cómodo para vivir, que le brinda a su ser querido: una nueva residencia y nuevas relaciones con pares compartiendo viejas y nuevas experiencias. Asistencia permanente. Actividades recreativas.  Un hogar confortable, acogedor, donde él o ella puedan manejarse con sus propios tiempos, respetando sus derechos y su integridad.  Contención y atención de acuerdo a sus requerimientos, por parte de personal entrenado y experto.

Pero también nosotros, familiares, podemos ofrecerle otras cosas: nuestro interés y control de su bienestar y su salud.  Nuestro cariño con las visitas y la compañía durante el tiempo dispuesto sólo para él o ella, con una dedicación que nuestras obligaciones cotidianas no siempre nos permiten brindarle. La presencia de sus nietos y de otros familiares queridos o de sus amigos. Una invitación a salir y a compartir una actividad o paseo o las fiestas o una reunión en casa, todos juntos.
Así podemos cambiar nuestro pensamiento y pasar a pensar en RESIDENCIA.

¿Y entonces qué elegiría?

Dr. Uchitel Hugo A

Medico-Director

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